La microbiota: el microcosmos al interior del ser humano

Harmonía / 2016-03-10

La gran mayoría de las sociedades humanas han incorporado a su visión del mundo la idea del microcosmos. Esto es, a grandes rasgos, que el ser humano es un cosmos en miniatura y las mismas leyes que operan en el universo operan  analógicamente en el cuerpo humano. Grandes avances científicos se han realizado con esta premisa de analogía entre los diversos aspectos de la naturaleza --el macrocosmos y el microcosmos, como es arriba es abajo

 

En el último siglo la idea de microcosmos ha cobrado una nueva dimensión con los diversos descubrimientos de la microbiología. Primero, la importante comprobación de que el ser humano y todos los animales están compuestos por miles de millones de microorganismos que son unidades de vida dentro de una unidad más grande. Segundo, la revolución que estamos viviendo con el descubrimiento de la dimensiones y la importancia que tiene la microbiota en numerosas funciones orgánicas. En los últimos años biólogos han acuñado términos como "microbioma humano" para referirse al cuantioso genoma que codifican bacterias en el cuerpo humano, un populoso código genético que supera hasta diez veces en el número de células al código genético meramente humano. Asimismo, se han referido al ser humano como un "superorganismo", un "simbionte" o una "colonia biológica ambulante", esto para significar el complejo ecosistema que de hecho es el ser humano. Ante esto, algunos científicos consideran que es necesario redefinir al ser humano ya no sólo como individuo sino como un ente colectivo o una red de vida incrustada, a su vez, en un medio ambiente superior en magnitud pero similar en esencia. Podríamos decir que el ser humano es el microcosmos del planeta, pero es el macrocosmos de la microbiota y en realidad de todas sus células.  

 

Con notable preclaridad, Charles Darwin captó esta misma relación entre el hombre o un animal y los innumerables seres que lo habitan. En 1882, casi 100 años antes de que se descubrieran bien los mecanismos de transferencia genética y simbiosis, Darwin declaró: "No podemos sondear la maravillosa complejidad de un ser orgánico, pero bajo la hipótesis aquí planteada esta complejidad se incrementa de sobremanera. Cada criatura debe de ser vista como un microcosmos -un pequeño universo, formado de una hueste de de organismos auto-propagados, inconcebiblemente pequeños y tan numerosos como las estrellas en el cielo".

 

No es casualidad que antes de que se acuñara el término "microbiota", en la década de los 80 los biólogos Lynn Margulis y Dorion Sagan llamaban al conjunto de microorganismos que conforman el cuerpo de un ser vivo literalmente "el microcosmos". "Paradójicamente, al magnificar el macrocosmos para encontrar nuestros orígenes, apreciamos claramente tanto el triunfo como la insignificancia del individuo. La unidad más pequeña de vida --una sola célula bacterial-- es un monumento de patrones y procesos sin rival en el universo como lo conocemos".

 

Podemos esbozar aquí un nuevo paradigma en gestación en el que el ser humano puede concebirse como un organismo que es en realidad una recombinación de múltiples organismos que han evolucionado por miles de millones de años. "Somos parte de una intrincada red que viene desde las primeras bacterias que habitaron la Tierra". En otras palabras, somos un campo, una parcela de tierra tomada por la vida, en la que la vida misma se expresa.

 

Surge de aquí una nueva filosofía de la coevolución y la armonía microcósmica. Como sugieren Margulis y Sagan, nuestra relación con la vida microbial demuestra que la vida no evoluciona en una voraz competencia, sino en una "continua cooperación, interacción y mutua dependencia entre las formas de vida". Los organismos evolucionan integrándose a otros, cooperando y brindando energía y alimento para que otros seres evolucionen, no ciertamente sólo matándose los unos a los otros.

 

Esto debe aplicarse entonces a nuestra microbiota. La tendencia actual sigue siendo la del exterminio de todo microbio, sin discriminar, distinguir ni respetar la diversidad de vida que habita dentro de nosotros. Es por ello que usamos antibióticos de manera excesiva --y que actualmente necesitamos probióticos para reparar los daños de este fuego amigo, esta guerra intestina. Un entendimiento del ser humano como un microcosmos, como un portador de miles de millones de años de invaluable contenido evolutivo, debería de hacernos recapacitar y tomar medidas más armónicas para reestablecer el ecosistema interno. Lo mismo ocurre con el ecosistema externo que también hemos destruido, justamente por no considerarlo como parte de nosotros y no valorar su biodiversidad. Esto es lo que nos dice la filosofía del microcosmos:  cómo es afuera es adentro, y como es adentro es afuera.
  

 

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