Por qué no hay nada más importante que aprender a relajarse

Alejandro Martinez Gallardo / 2016-04-19

Nuestra civilización está siendo definida por el estrés. Cada vez existen más enfermedades mentales y personas cansadas y neuróticas en el mundo, pese a que cada vez, en teoría, tenemos más cosas (tecnologías) que facilitan nuestras vida y "hacen las cosas por nosotros".  El estrés, llamado el "asesino silencioso", ha estado con nosotros desde el principio de los tiempos, y ha cumplido una importante función biológica, pero recientemente ha tomado protagonismo hasta, me atrevería a decir, llegar a ser la causa más directa de la gran mayoría de los malestares modernos. 

 

Hoy sabemos que el estrés, lo que originalmente es una presión mental, merma nuestra salud física e interviene en todo tipo de enfermedades que en un principio no vincularíamos con procesos mentales. El poder de la mente, el viejo elefante indomable de los textos budistas, es tal que donde pone la atención dirige gran cantidad de energía. Si esta energía no logra circular y difundirse de manera equilibrada, empieza a dañar las estructuras orgánicas y a inundar ciertas partes del cuerpo de un exorbitante flujo de sustancias químicas que aceleran y alteran el funcionamiento. Uno de los grandes expertos en el estudio del estrés, el Dr. Robert Sapolsky, ha demostrado que el estrés suprime el sistema inmune y a la larga tiene efectos deletéreos en nuestra capacidad de defendernos de invasores infecciosos. Esta es sólo una de las formas en las que el estrés nos afecta; otra muy importante es que el estrés nos convierte en personas tiesas y apretadas, incapaces de relajarse, probar cosas nuevas, aceptarse y aceptar a las demás personas y a las situaciones diferentes que surgen y en general nos hace relacionarnos con el mundo con menos energía, aire y alegría disponible.

 

La esencia del estrés es la activación de un mecanismo de reaccción. Antiguamente reaccionábamos para evitar ser devorados por un tigre o para luchar contra un enemigo amenazante. La respuesta luchar o huir (fight or flight) funciona de tal manera que nuestro cuerpo suspende ciertas funciones --como la operación del sistema inmune-- para dirigir una gran cantidad de recursos a una parte del cuerpo o función orgánica que en ese momento requiere un extra para lidiar con una emergencia. El estrés moderno crea una especie de amenaza fantasma, un estado de emergencia --si bien no tan intenso-- más o menos perenne, en el cual nuestro cuerpo se encuentra permanentemente reaccionando, y por lo tanto gastando energía.

 

El filósofo Manly P. Hall dedicó buena parte de sus últimos años de vida a analizar la vida moderna y específicamente el efecto del estrés en las personas. Hall decía que la historia de la civilización occidental es la historia del estrés (de cada vez más estres) y explicaba en cierta forma los grandes conflictos bélicos como estrés colectivo (la guerra geopolítica era el macrocosmos estrechamente relacionado con la tensión interna de una persona que era el microcosmos). Teorizando sobre el estrés, Hall señala que la naturaleza no soporta el desequilibrio por mucho tiempo y que tiende a castigar de alguna manera todo desperdicio de energía. No existe impunidad o privilegio que nos impida sufrir, tarde o temparno, por la energía que echamos a perder repitiendo patrones estériles de tensión y estrés. La energía, entiende Hall, es una especie de dádiva sagrada que debe de ser cultivada en el jardín del cuerpo, por el jardinero de la mente. En esto coinciden los grandes maestros taoístas, que crearon un intrincado sistema de la cultivación de la energía y su transmutación en una sustancia espiritual, basado en la meditación, la quietud y ejercicios de circulación como los que ahora se conocen como "qi-gong".

 

Por supuesto, en el mundo moderno, es imposible no sentir estrés (y de hecho, como señalamos antes, cierta dosis de estrés es sana). Vivimos en ciudades en las que existen numerosos estímulos incontrolables que tienden a someternos a altos grades de presión: ruido, tráfico, contaminación, bombardeo mediático y, no menos importante, el estado mental enfermizo de millones de personas con las que convivimos. El ser humano es parte de un organismo colectivo y necesariamente se ve afectado por las "toxinas" que circulan por este cuerpo del cual somos células. Es por ello que es indispensable que aprendamos a relajarnos. Me atrevo a decir que una educación de la relajación que capacite al individuo a controlar su atención y no ser víctima de reacciones indeseables, será cada vez más una de las claves del bienestar de la sociedad y puede que estemos llegando ya al punto de que sea tan necesaria como aprender matemáticas. En esto, por supuesto, no estoy siendo nada original, es fácil de comprobar esta tendencia observando la explosión de técnicas orientales de relajación en Occidente y de diferentes terapias y medicinas alternativas que tienden a una forma de tratamiento más suave que incorpora la relajación, el pensamiento positivo y el control de las emociones.

 

Para tratar el estrés, en primera instancia, debemos de reconocer que el estrés y la tensión que se repiten son símbolos de que algo está mal en nuestras vida y que debemos de corregir. Si hacemos esto a tiempo, estaremos interrumpiendo lo que está por convertirse en una enfermedad.  El ser humano moderno tiene ya suficiente evidencia para darse cuenta de que su salud es su responsabilidad, no es algo fortuito que le sucede por un azar o determinismo genético insondable. Casi siempre una enfermedad es el resultado de conductas erróneas, que van en contra de las leyes de la naturaleza, de lo que los budistas llaman el dharma y lo cual puede ocurrir ya sea por mera ignorancia como por soberbia. Es necesario entonces reconocer que existe una ley natural bajo la cual opera el cuerpo: si hacemos ciertas cosas, si comemos compulsivamente, si pensamos obsesivamente, si agredimos a las demás personas, sufriremos inexorablemente ciertas consecuencias. Cada acto contiene, como una semilla, un fruto determinado por su naturaleza. No podemos sembrar semillas de manzanos y esperar cosechar mangos. De igual manera no podemos esperar vivir una vida disoluta, inmoral o simplemente ignorante y esperar cosechar salud y felicidad.  Esta es la ley del karma y de la causalidad y puede observarse en todos los aspectos de la existencia. Dice Manly P. Hall: "si rompes las reglas, las reglas te romperán a ti... sólo hasta que la humanidad se vuelva inofensiva dejará de recibir ofensas".

 

Esta es la realidad de nuestra civilización: no merecemos la paz. Como individuos vivimos en un mundo que genera estrés y tensión, pero podemos hacer algo de manera individual y así aportar aunque sea un poco a bajar el estrés colectivo, esa caldera planetaria que sigue hirviendo. Lo más inmediato que podemos hacer es aprender a relajarnos. Esto no significa distanciarnos de las cosas y volvernos insensibles ni tampoco ser aquiescentes y pasivos, como algunos occidentas juzgan a los orientales. Significa, en un sentido esencial, volvernos ecuánimes, no reaccionar ante algo que no podemos cambiar y lo cual si dejamos que cumpla su curso desaparecrá pronto --de todas maneras todo es impermanente, por lo cual no hay un sentido cósmico-filosófico en reaccionar. Reaccionar es distinto a actuar cuando algo ocurre que requiere una respuesta: cuando es necesario actuamos en correspondencia a lo sucedido, con lo que me parece es la esencia del estado de conciencia meditativa celebrada por el budismo: una calma energética. Para distinguir esta reacción de una acción de respuesta necesaria, debemos de antes ser capaces de relajarnos. Lamentablemente para las personas que viven estresadas, el juicio y la inteligencia en un estado de estrés se encuentran comprometidos: sólo puede acceder a la verdad quien está tranquilo.

 

La ecuanimidad y la relajación, si bien están apuntaladas por principios morales, necesitan practicarse diariamente sobre el soporte de una disciplina. Debemos de desarrollar una ciencia de la relajación como un mecanismo que contrarreste la exacerbación de nuestros mecanismos de defesa, los cuales operan en esteroides 24/7. Los antiguos maestros budistas decían que en su estado puro la mente es igual que el cielo despejado: amplio, abierto, claro, luminoso, inasible y que, de hecho, ese estado de la mente es el estado natural, nuestra naturaleza búdica inherente. No necesitamos hacer nada para conquistar esa mente iluminada, explican, solamente relajarnos, dejar de apretar el volante y dejar de aferrarnos a nuestros conceptos para dejar que las cosas sucedan por sí solas. 

 

 

Twitter del autor: @alepholo 

 

 

 

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