El arte de saber estar enfermo (y no agravar las cosas)

Alejandro Martinez Gallardo / 2017-08-23

La existencia humana es siempre muerte, vejez y enfermedad. Aunque algunas personas puedan gozar de una mejor salud y fortuna eventualmente enfermarán, envejecerán y morirán. Y si bien es importante tener hábitos que favorezcan una salud preventiva, más que reactiva, eventualmente todos enfermamos, por lo cual es importante también aprender a estar enfermos, no por una especie de masoquismo, melancolía o hipocondria, sino justamente porque no queremos estar (más) enfermos y queremos evitar genuinamente el sufrimiento -y no sólo postergarlo-.

 

El ser humano fundamentalmente es un ser que busca el placer y huye del dolor. Esta actitud biológica, sin embargo, puede ser contraproducente a mediano y largo plazo, ya que al buscar el placer podemos luego generar más dolor y al huir del dolor igualmente podemos estar produciendo más dolor a largo plazo. Cuando estamos enfermos muchos de nosotros, socioculturalmente programados, rápidamente buscamos un remedio rápido que suprima los síntomas de lo que nos molesta. Preferimos acallar y desaparecer el dolor antes que entenderlo y lidiar con su causa. Esto, junto con intereses económicos de la industria médica y farmacéutica, es la razón por la cual vivimos en una sociedad sobremedicada, donde una gran cantidad de personas mueren justamente por atenderse y por abusar de los medicamentos. Aunque resulte contradictorio, ir al doctor es una de las principales causas de muerte (lo cual no significa que sea mejor automedicarse o evitar ir al médico; debe prevalecer una conciencia crítica; ante la duda, es mejor buscar ayuda calificada).

 

Así que es importante utilizar el principio hipocrático de "Primero no hacer más daño", no sólo para los médicos sino para los enfermos mismos, que deben pensar en no hacerse más daño al tomar remedios o incluso al pensar y dirigir su atención hacia su enfermedad (la atención obsesiva es la fuente fundamental del estrés, que es el principal agravante).

 

Las enfermedades, aunque indeseables y molestas, tienen siempre algo que decirnos sobre el estado de nuestro cuerpo-mente y sobre nuestra conducta. Generalmente se deben a algo que estamos haciendo mal, ya sea alimentarnos de manera equivocada, no ejercitarnos, tener malos hábitos físicos y emocionales o, en ocasiones más complejas, a no haber entendido nuestra vocación,  a estar desconectados de nosotros mismos o a no tener una vida llena de significado (sin arte, amor o fe pocas personas pueden mantenerse sanas). El psicólogo James Hillman escribió: "hasta que el alma no obtiene lo que quiere, nos enferma". Muchas personas, cuando logran entender su enfermedad en sus causas profundas, no sólo consiguen curarse (lo cual a veces es lo de menos) sino que pueden transformar radicalmente su vida y encontrar aquello que es verdaderamente esencial. Cuando esto se logra, las enfermedades son más fáciles de superar o pierden su poder de hacernos miserables.

 

En el budismo se dice que el sufrimiento es el método de enseñanza de Prajnaparamita, una figura a veces deificada, también llamada "la madre de los budas", que hace referencia a la sabiduría que trasciende el ciclo de muerte y sufrimiento. Prajnaparamita es infinitamente paciente y así, se dice, nos da todo el tiempo necesario y todas las vidas hasta que aprendamos y logremos entender las causas de nuestro sufrimiento y practiquemos aquello que lo evita, fundamentalmente el apego o aferramiento a cosas impermanentes. Sin sufrimiento, no tendríamos motivo para una práctica espiritual.


Otro aspecto fundamental durante una enfermedad es aprender a lidiar con el estrés y la negatividad asociada a esta condición. Generalmente reaccionamos con frustración, rechazo y ansiedad a una enfermedad, y estas actitudes pueden complicar y prolongar la misma condición. Una enfermedad es en cierta forma una prueba de nuestra inteligencia, pues nos coloca en una situación apremiante donde debemos hacer uso de nuestra capacidad de tomar decisiones, escuchar a nuestro cuerpo-mente y ejecutar una estrategia, todo esto desde lo que aparentemente es un estado de debilidad. Saber esto podría colocarnos en una situación adicional de estrés, pero la mayoría de las veces la mejor forma de reacción es la no reacción, confiar en la propia capacidad de autosanación del cuerpo (algo que puede incluso ser catalizado por el efecto placebo, el cual funciona incluso cuando uno sabe que es placebo). Una persona madura, asimismo, se caracteriza por confiar en sí misma, lo cual le brinda la capacidad de mantener cierta tranquilidad en un estado de crisis o agitación. Y esto es lo que se necesita como primera línea de defensa para no hacer nada que pueda violentar un proceso natural. "En la paciencia está tu alma", escribió el mismo Hillman, y la paciencia es una de las seis virtudes (paramitas) que hacen de una persona un buda, según la tradición budista. Hay que ser pacientes con la enfermedad, que es a fin de cuentas autocomunicación del alma -y karma que encuentra su maduración y posible disolución-. 


La forma en la que el estrés funciona es que dirige una enorme cantidad de energía a aquello que captura nuestra atención (sea una zona del cuerpo o una serie de pensamientos). Esto puede ser muy útil cuando somos perseguidos por un depredador, pero se vuelve ineficiente en la vida cotidiana cuando los estresores son ubicuos. Si el estrés es prolongado, esta atención excesiva puede causar demasiada presión y tensión y lastimar una función corporal, un órgano o un sistema. A la par, el estrés, al dirigir recursos a una cierta área, suele anegar de hormonas y producir desequilibrios. Es por esto que es tan importante no obsesionarse con el dolor y la enfermedad, ya que el pensamiento obsesivo en cierta forma hace que se siga alimentando ese dolor y esa enfermedad.


En el budismo las enfermedades con consideradas como maduraciones del karma, es decir, las consecuencias de nuestros actos que van saliendo a la superficie. Una enfermedad, bajo cierta perspectiva y entendimiento, puede verse como algo positivo, esto en el sentido de que un karma que estaba en la profundidad, latente, ha surgido y por lo tanto tenemos la oportunidad de permitir que se efectué y expire. Esto siempre y cuando no reaccionemos de manera negativa, lo cual a su vez refuerza la existencia de este karma y nos asegura futuros momentos de desazón. En la tradición budista se dice que cuando una enfermedad física o uno de los llamados venenos de la mente (kleshas) se manifiesta, si no reaccionamos con avidez o aversión, entonces es seguro que se estará disolviendo prontamente y nos estaremos liberando de su acción. En otras palabras, una enfermedad debería verse con ecuanimidad, lo cual no significa con pasividad; significa sin que le pongamos ciertas etiquetas y nos identifiquemos con ella y así demos lugar a la frustración que es estar enfermos, que es juzgarnos como "una persona enferma" y generar conmiseración e impotencia. De hecho, una enfermedad es entendida como una gran oportunidad para practicar lo que se ha aprendido meditando y en general aplicar el dharma, que es la filosofía de la vida que va más allá de las circunstancias, apoyándose en principios inmutables.


Por último hay que mencionar el caso del doctor Viktor Frankl, quien en campos de concentración en la segunda guerra mundial notó que las personas que tenían un propósito o sentido existencial lograban salir adelante de las condiciones más abyectas, mientras que aquellos que no tenían una fuerte motivación solían perecer rápidamente. Es justamente el hecho de que hemos cultivado una vida con significado, una profesión que nos gusta, una práctica espiritual, una familia a la cual queremos y demás que podemos mantener nuestra entereza cuando enfermamos y encontrar la motivación adecuada para controlar nuestra mente y pensar en cosas que nos producen bienestar y no obsesionarnos (lo cual alimenta la enfermedad vía el estrés). Así que es posible cultivar no sólo un cuerpo sano, por ejemplo un sistema inmune que nos proteja de invasores, sino que también podemos cultivar una mente sana que desarrolle un sistema inmune emocional y mental para que, cuando nos enfermemos, tengamos una línea de defensa que impida que se agrave dicha enfermedad y que caigamos en un círculo vicioso. Esto no debe postergarse, sino que debe empezarse a cultivar cuando tenemos las facultades y la energía para estudiar filosofía y psicología (y aprender cómo funciona la mente), para interesarnos por el arte (y tener la capacidad de apreciar la belleza), para buscar alguna práctica de dharma (que nos brinde los medios para controlar nuestra atención y quizás desarrollar devoción por algo que brinde significado) y demás disciplinas que nos ayuden a liberarnos del estrés.

 

Twitter del autor: @alepholo

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