Cómo resolver la necesidad psicológica básica del ser humano

Alejandro Martinez Gallardo / 2017-01-04

En términos biológicos es indudable que la necesidad básica del ser humano es alimentarse y vivir en condiciones de temperatura favorables --lo cual se traduce en tener un lugar donde vivir y ropa que vestir. Sin estos factores, la salud rápidamente se degrada y la existencia en sí misma se vuelve miserable (a menos de que se sea un avanzado yogui capaz de vivir de prana, algo que hoy en día parece muy remoto). 

 

Una vez cubiertas estas necesidades básicas, como sugirió Maslow, surgen otros aspectos necesarios para el bienestar e incluso la trascendencia del ser humano. Aunque el esquema puede ser mucho más complejo, lo podemos simplificar diciendo que el ser humano tiene una necesidad básica psicológica: sentirse amado. Se podría objetar que la necesidad de sentirse amado es incluso física --por ejemplo, bebés que viven en orfanatos y no reciben afecto llegan a morir o tienen problemas de salud a lo largo de su vida-- y cuando alguien pierde a su pareja esto se manifiesta en un extrañamiento holístico, que crea miembros fantasmas en el cuerpo. Sin embargo, es probable que estas respuestas físicas al (des)amor sean mediadas por la psique, sean respuestas psicosomáticas.

 

En gran medida nuestra confianza y seguridad son determinadas por nuestra sensación de sentirnos amados. Esto se debe a nuestra naturaleza social y a que, en esta sociedad donde vivimos, la aceptación de unos es dada por la aceptación previa de otros. En otras palabras, somos amados cuando nos aman antes --lo cual es una paradoja o un bucle de retroalimentación.

 

Para evitar ser víctimas del estrés constante como seres psicosociales, necesitamos sentirnos amados y aceptados por un grupo o por aquellos a los que hemos proyectado una importancia superlativa. Pero esto es un problema ya que no controlamos este afecto --puede que el hombre o la mujer de la que creemos enamorarnos no nos corresponda. Puede que incluso no tengamos una madre o un padre y entonces se presenta inmediatamente la sombra y la ausencia del amor (lo cual puede confundirse con un destino). Esto ciertamente hace las cosas más difíciles. Para Freud, por ejemplo, la infancia era determinante en nuestra vida psíquica, a tal punto que lo más que podíamos hacer es aprender a sobrellevar la neurosis (aceptándola). No nos dedicaremos a discutir sobre Freud aquí, pero sí diremos que es evidente que existen casos de personas que logran sobreponerse a los complejos, traumas y demás aspectos del determinismo infantil.

 

¿Cómo hacer entonces para no ser víctima del voluble y contingente amor de los otros? Quizás la solución tenga que ver con aprender a amarse a uno mismo. Algo que ciertamente no es fácil cuando no se tiene el amor del otro que uno desea. Solemos estimarnos altamente sólo cuando tenemos lo que deseamos. Si no conseguimos el amor que queríamos, pensamos que no somos buenos, que somos un fracaso. Sin embargo, el amor propio puede surgir sin necesitar de la aprobación del otro. Esta es su gran ventaja. Surge de la sabiduría. De conocerse a uno mismo.

 

A diferencia de lo que uno podría pensar fruto de la frustración por no ser correspondido, uno siempre es digno del amor. En el oráculo de Delfos se decía "Conócete a ti mismo", a lo que los pitagóricos agregaron "Conócete a ti mismo y conocerás al universo y a los dioses". Solemos deificar a los otros y olvidamos que todas las cualidades que proyectamos en ellos están en nosotros (y están en todas las cosas). Todos estamos hechos de polvo de estrellas; todos estamos llenos de entrañas, excremento, pus, sangre y demás efluvios. Todos tienen miedo, todos son capaces de amar y trascender el miedo y el sufrimiento. Todos hemos vivido momentos de belleza y de tristeza; en todos el universo también se experimenta a sí mismo, con unicidad. De la sabiduría, de la búsqueda sincera de la realidad, nace naturalmente el amor propio. Cuando esto surge, entonces paralelamente, sin buscarse ya, se consigue el amor de los otros puesto que, como hemos dicho antes, los otros nos aman cuando alguien nos ama antes. Ese alguien, esencialmente, somos nosotros. Tanto en que al amarnos nosotros mismos los otros nos aman más fácilmente --se les abre la puerta, en la autoconfianza hay un brillo, tanto en que el amor que damos realmente a los otros es también siempre amor a nosotros mismos --esto es lo que caracteriza al amor, que disuelve las fronteras entre el sujeto y el objeto y todo lo lleva a un único fuego transparente.

 

Twitter del autor: @alepholo

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