El sexto paso a la felicidad: el poder del sacrificio

Beantpal Singh / 2017-05-10

We could be heroes, just for one day...

David Bowie, “Heroes”

 

“Ofrenda a una deidad en señal de homenaje o expiación”, “acto de abnegación inspirado por la vehemencia del amor”. Estas dos definiciones resaltan entre el listado de significados que brinda el Diccionario de la Real Academia Española a la palabra “sacrificio”. Su etimología completa el concepto: hacer sagrado algo, elevarlo a un nivel divino. Resuena también en nuestro inconsciente colectivo el vocablo “abnegación”, gracias a la imagen de “la madre abnegada” inmersa en un mar de lágrimas, ese “sufro, sufro, sufro” sobreexpuesto en los melodramas cinematográficos y telenoveleros. Pero maticemos y asomémonos a su significado: sacrificar los intereses o gustos propios en favor de los demás, ya sea por motivos altruistas o religiosos.

 

En los orígenes de todas las culturas, el sacrificio formaba parte central de la liturgia de comunión con el cosmos, la diosa y/o los dioses. Objetos, alimentos, pociones o seres vivos eran ofrecidos literal o simbólicamente para armonizarse con la divinidad y así obtener sus favores, poderes, su perdón, su misericordia. En estos sacrificios, drama, danza, poesía y música convivían con la magia y el rito de paso en el camino espiritual. Se trataba de actos simbólicos que sellaban una entrega, una renuncia, un compromiso en pos de la comunidad y del orden cósmico. Actos que representaban la constante regeneración de la vida a través de la muerte, transmutación y resurrección del objeto de sacrificio.

 

Esto se ilustra claramente en las películas épicas o las epopeyas de la literatura a través de la estructura del “viaje del héroe”: un hombre o una mujer comunes que, sin saberlo, son “los elegidos”, en cuyo destino está inscrito el porvenir de su comunidad; salvadores o mesías que tendrán que entregar su vida para transformar la de su entorno y en medio de todo esto, realizar un viaje hacia sus cavernas más profundas. Así, en la medida del desarrollo y expansión de su conciencia, radicaría el éxito o fracaso de su misión.

 

Las historias en torno a figuras como Moisés, Jesús, Siddhartha Gautama, o películas como El señor de los anillos, Los juegos del hambre y Star Wars, nos muestran las trayectorias de héroes –cuya etimología significa “proteger y servir”– que se ven involucrados en una aventura de autodescubrimiento hasta percatarse de que, más allá de resolver sus dramas, existe un fin mayor: la paz en la galaxia, salvaguardar a la comunidad, liberar a los oprimidos, equilibrar el mundo, alcanzar la iluminación para el bien de todos los seres, el perdón de los pecados, cumplir la voluntad divina, entre otras misiones…

 

Para el Maestro Yogi Bhajan, el sacrificio, además de ser el sexto paso a la felicidad, es un poder: “Dios mismo reside en tu corazón y se asienta en tu mente. Entonces eres capaz de soportar cualquier dolor a favor de cualquier persona”. Revisemos aquella imagen de la tradición judeocristiana: un hombre que decidió sacrificarse como un acto de expiación y ejemplo de amor, extiende sus brazos en forma de cruz. Yógicamente, esa postura pone énfasis en el chakra del corazón, ubicado al centro del pecho, mismo que sirve para balancear los chakras del triángulo inferior –o terrenales– con los del triángulo superior –o sutiles–. En este cuarto chakra, Anahata, se ubica el poder del amor y, gracias a él, nuestra alma puede vivir y disfrutar su experiencia humana. El símbolo del crucificado representa ese “acto de abnegación inspirado por la vehemencia del amor”, o en otras palabras, un acto de amor por puro descaro. Es también una invitación a vivir con los brazos abiertos, a expandir el corazón, abrazar al mundo y “morir” simbólicamente en relación con el ego y sus apegos para resucitar a la vida eterna: vivir entregados a la verdad y el amor.

 

Una vez nada más
Se entrega el alma
Con la dulce y total
Renunciación.

Y cuando ese milagro realiza
El prodigio de amarse
Hay campanas de fiesta
Que cantan en el corazón.

 

Compuesto por Agustín Lara cuando un querido amigo le confesó que había decidido desapegarse del mundo material para entregarse al servicio devocional y tomar los hábitos, cada frase de este bolero ejemplifica el ardiente deseo de ser en el otro la sublimación del anhelo de pertenecer inherente al alma a través del sacrificio, su renuncia a la voluntad del ego en pos de la obediencia a la voluntad divina y escuchar las “campanas de fiesta que cantan en el corazón”. Como queda de manifiesto, el sacrificio es un poderoso acto de amor. Nada tiene que ver con el sufrimiento con el que comúnmente se le asocia. Si sacrificarse es “actuar con vehemencia desde el amor”, sólo hay cabida para el éxtasis de la absoluta entrega y su felicidad.

 

En las comunidades mayas y rarámuris de México, cada evento de la vida cotidiana se vuelve una oportunidad de sacrificio, de “hacer sagrado el instante”. Cada acto está respaldado por un significado y símbolo de trascendencia, estableciéndose un diálogo con lo divino en todo momento. Nosotros, al igual que los mayas y rarámuris (las historias de nuestros antepasados) o como cantara David Bowie, podemos ser héroes de nuestra propia historia si alcanzamos a ver en nuestro día a día la gran oportunidad de transformación –de sacrificio– interior y cósmica de la que somos testigos y actuantes:

 

Cuando un padre o una madre dejan sus horas habituales de sueño para nutrir, cuidar y entregar su vida al desarrollo de una criatura testimonio viviente de su amor, hay sacrificio. Cuando le cedes tu lugar a una o dos personas en la fila del banco, del súper o camión porque quieres regalarles y regalarte la satisfacción de dar, hay sacrificio. Cuando te tomas unos minutos a la mesa para bendecir tus alimentos, estás haciendo sagrado ese instante. Cuando decides actuar a favor de una causa humanitaria, servir, entregar algo de tu tiempo a la escucha o resolución de ciertos conflictos, hay sacrificio. Cuando vives tu vida como una ofrenda a los valores más elevados de la humanidad, cuando decides entregar cada instante de tu respiración a Aquél que te creó y confías en su sabiduría permitiéndole que genere la circunstancia a tu alrededor para que todo se acomode, en esa renuncia, hay sacrificio. Y cuando hay sacrificio, hay felicidad.

 

Para practicar esta semana

Una vez al día, realiza un sacrificio y entrégale algo de ti a alguien o a la divinidad (tu tiempo, tu lugar, un elogio, una alabanza, tu ayuda, tu apoyo). Observa los cambios.

 

Para conocer los pasos previos a la felicidad, lee:

Siete pasos a la felicidad 1: el compromiso 

El segundo paso a la felicidad: el carácter

El tercer paso a la felicidad: la dignidad

El cuarto paso a la felicidad: la divinidad

El quinto paso a la felicidad: la gracia

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