¿Qué son los demonios y qué es el infierno para el budismo?

/ 2016-02-14

 

 

La concepción que tiene el budismo del mal y las entidades malignas contrasta de sobremanera con la escatología cristiana. Para el budismo el mal es solamente el resultado de la ignorancia, de la percepción incorrecta o dualista que se identifica con un yo que está separado del mundo y por lo tanto puede entrar en conflicto con todo lo otro que no es él mismo y que no responde a su deseo. Escribe el maestro Thinley Norbu Rinpoche en su libro "White Flag": 

 

"Siempre existe el mal causado por la energía dualista del ego. Al olvidar que todas las proyecciones, reacciones y  contraproyecciones tienen su raíz en el ego, el mal parece proceder de afuera de nosotros de múltiples formas y sonidos. En realidad, el mal sólo aparenta tener una independencia externa, esto es debido a que uno olvida lo que el propio ego demoniaco ha creado al construir malos hábitos por muchas vidas, no reconociendo las propias proyecciones".

 

Aquí debemos de precisar que el budismo no dice que los demonios no existan, sino que existen sólo de la misma manera que existe un ego, sólo desde una verdad relativa constreñida por la temporalidad (finalmente por supuesto serán anonadados).  La mente en su separación del dharma y de la unidad fácilmente fabrica demonios cultivando malos hábitos. El diablo no es más que la proyección externa de nuestro egoísmo, reificada. Thinley Norbu dice que "las apariencias dualistas se convierten en una forma de demonio", los cuales vamos destruyendo con la práctica. Uno puede engendrar un demonio y este demonio puede atormentar su vida, e incluso, nos diría el budismo, continuar más allá de este plano existencial en uno de los infiernos del deseo hasta extinguir la energía kármica que lo ha puesto en marcha. Sin embargo, la vida de ese demonio sólo existe alimentada por una serie de pensamientos, fijaciones, ofuscaciones o apegos. Una vez que estos cesan el demonio se marcha hacia su desaparición como el humo en el cielo límpido. Merece apuntar el parecido entre esta concepción de los demonios con los patógenos que ya enunciaba el médico suizo Paracelso a finales del siglo XV y quizás también merece reflexionar hasta qué punto nuestras enfermedades no se sostienen solamente por nuestros hábitos y la energía negativa de nuestros pensamientos.

 

El budismo tiene una mucho mayor diversidad de infiernos que el cristianismo y algunas torturas son igualmente espantosas pero con el importante atenuante de que son eternas ni mucho menos, y todas son el resultado directo de los actos del individuo o de la entidad engendrada y en ninguna medida un castigo personalizado.  De hecho, podríamos decir que toda tortura termina y todo estado infernal se desvanece cuando la conciencia es capaz de notar la inherente irrealidad de ese estado. El cielo y el infierno, como notó Milton, no son más que el resultado de cierta energía o dirección mental.

 

Niraya, es el infierno más bajo del tormento en el que se arriba por crímenes y sacrilegios de gran magnitud. Uno de los famosos y folclóricos (a la distancia claro está) es el Peta Loka, la dimensión de los fantasmas hambrientos que vagan obstinados en sus apegos.

 

Hay que mencionar que incluso los cielos más altos donde karmas divinos pueden habitar por eones son considerados como irreales y fiinalmente evanescentes, la única realidad es el dharma y el estado inmortal del Buda.

 

Dentro de los 31 reinos de la escuela Theravada del budismo, nosotros existimos en el manussa loka, parte del kama loka, el reino del deseo o mundo astral, es este un lugar donde existe no sólo el sufrimiento sino también cierto equilibrio. En este plano existe la decisión moral por lo cual se puede guiar el destino, algo que es considerado una bendición por los budistas ya que permite, por así decirlo, evolucionar más rápido en este esquema.

 

Nos puede parecer muy extraño este sistema de 31 de planos de existencia, pero el esquema enseñado por Buda tiene una lógica impecable, ya que cada plano y cada estado de existencia refleja nuestra conducta y es el efecto de las causas de nuestros actos, no hay necesidad de una intervención divina, se trata solamente de la ley de la causalidad en un universo moral.

 

Twitter del autor:@alepholo

 

 

 

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