La Herida del Alma

/ 2016-02-05

Cuando uno crece olvida las heridas de la infancia; sin embargo, nos afectan a la hora de aventurarnos a hacer algo grande, o inclusive pequeño. Recuerdo una ocasión en la que tenía una tarea peligrosa de completar, en la que mi vida estaba en juego. Yo tenía que ir sola a un país desconocido para activar energéticamente un lugar específico, en el cual, muchos años atrás habían ocurrido muchas muertes, el lugar aún guardaba esa energía y limpiarlo no sería fácil. Tenía que hacerlo en un lapso de una semana y, debo confesar que, a pesar de que al final pude hacerlo, tarde varios días en lograrlo.

 

Recuerdo estar arriba de una montaña, desde donde se veía claramente el paisaje con mucha niebla y el cielo despejado. Cada día por la tarde, me ponía a meditar con esa vista y ese clima helado. Yo pensaba hacer la activación en los primeros días; sin embargo, algo ocurrió que no me permitió ir, quizá yo tenía algo que hacer o quizá tenía miedo.

 

Mientras meditaba acepté mi miedo, miedo a lo que una vidente había visto antes de partir a este viaje: Vio la historia de la activación y el peligro que podía generar. Me dijo qué era lo que debía llevar y ahí estaba yo meditando, cerca del lugar arriba de una montaña, aceptando que tenía miedo y pensando que no podría lograrlo. Fue entonces cuando sentí una confianza absoluta que no tenía que ver conmigo. Era la confianza del Creador que me decía que si Él tenía confianza en mí para hacer estas activaciones por todo el mundo, yo también debía tener confianza en mí. Vi a miles de personas cediendo su poder, perdiendo su confianza por algún comentario, rechazo o abandono de sus seres cercanos. Como, al creer que uno se había equivocado, que no era suficientemente bueno, que no estaba haciendo lo correcto, o simplemente, si uno no sentía la atención o el amor que deseaba, olvidaba quién era y qué podia lograr.

 

Nuestra esencia infantil es siempre buena, pero se modifica por la inseguridad y el miedo a no ser amados. Es entonces cuando se crean las máscaras hasta que olvidamos nuestra esencia y nuestro poder.

 

Esa ocasión vi mi propia inseguridad surgir al creer que no sería capaz de lograr una de las últimas activaciones que me quedaban. Sin embargo, sentí la confianza volver cuando comprendí todo esto. Para mí, una confirmación de lo sucedido fue ver a lo lejos un arcoiris que me trajo un sentimiento de paz y seguridad tan grandes que pude cumplir mi cometido.

 

Años después, en mi insaciable búsqueda del entendimiento humano, vuelvo a confirmar como el rechazo que sentimos de pequeños o ciertas palabras y acciones que nos hacen desconfiar de nosotros mismos, son la causa de que ya como adultos, por más seguros que nos sintamos, llevemos en el fondo un niño herido. Y esto necesita ser sanado.

 

Al recordar y experimentar la emoción es posible regresar a nuestra verdadera naturaleza. Mientras más experiencias y formas distintas de ver la vida tengamos, también tendremos menos sufrimiento.

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