¿Quieres mejorar el acervo literario de tu cerebro?

Claudia Marcucetti Pascoli / 2017-04-07

Leer es una actividad que no hay quien no recomiende. La fomentan campañas publicitarias en el mundo entero, nos obligan a practicarla en la escuela y los sabios de todos los tiempos la sugieren a sus discípulos. Vaya, hasta Mark Zuckerberg, justo a principios de este año, retó a la humanidad a entrarle. Eso sin contar que una buena parte de nuestra vida la pasamos, de un modo u otro, leyendo. Leemos en línea (posts, memes, noticias e información diversa), mensajes en nuestro correo electrónico, documentos importantes impresos, anuncios en la carretera, las envolturas de lo que consumimos y, por supuesto, también leemos libros, aquellos artefactos que, lejos de ser obsoletos, se han adaptado a la modernidad con versiones digitales.

 

A pesar de que sabemos que una persona logra funcionar aceptablemente, algunas veces incluso exitosamente, sin leer libros de ningún tipo –puede uno hasta convertirse en presidente de un país, ya hemos tenido prueba de ello–, estamos conscientes de que la lectura es una poderosa herramienta que tiende a mejorarnos la vida. Algo así como un suplemento alimenticio para la mente y, muchas veces, también para el alma. Es, por tanto, importante escoger bien qué leer, dentro del amplio universo de libros a nuestro alcance, para conseguirle así a nuestra existencia mayores beneficios. Si nos preocupamos con tanto esmero por lo que comemos, por lo que pensamos y por lo que expresamos, habría que ocuparse con el mismo ímpetu de lo que leemos, porque en eso también nos convertimos.

 

"Somos todo el pasado, somos nuestra sangre, somos la gente que hemos visto morir, somos los libros que nos han mejorado, somos gratamente los otros", escribió el escritor y filósofo argentino Jorge Luis Borges.

 

En la actualidad nos hemos visto inundados por libros de superación personal, varias editoriales se han salvado de la quiebra gracias a ellos. Tal parece que, en el afán por obtener respuestas rápidas, frecuentemente recurrimos a la búsqueda de métodos prácticos para lograr ordenar, mejorar o de menos entender un poco más la propia vida.  

 

La analogía en el título de este artículo no es gratuita. Más Platón y menos Prozac, el título del bestseller de Lou Marinoff, indica que aliviar una depresión, o simplemente enfrentarnos a la vida, avalándonos en sustancias de cualquier especie, se asemeja a pretender hallar soluciones en modos tan ajenos como, a la larga, vanos. Hace más bien falta acercarse al pensador griego, que solía decirle a sus alumnos: “Filósofos verdaderos son los que gustan de contemplar la verdad”. Y la verdad no siempre es evidente, a menudo se anida donde menos se nos ocurre buscarla: en la mentira. Es decir, en la literatura de ficción, el sitio donde las historias inventadas tienen una correlación directa con lo que le sucede al individuo y a la humanidad, aunque muy personal y colectivo, que provoca la reflexión y el uso de las propias capacidades del entendimiento de una manera de lo más creativa.

 

En Leer la mente. El cerebro y el arte de la ficción, Jorge Volpi, escritor mexicano apasionado por la ciencia, destierra la vieja idea de la ficción como entretenimiento y sostiene, por el contrario, que las novelas y los cuentos han sido esenciales para la evolución de la especie humana. Este provocador ensayo revela lo que sucede con la mente cuando leemos una novela o un cuento, cómo opera nuestro cerebro auxiliando a nuestra percepción, nuestra capacidad de procesamiento de datos y en general nuestras habilidades para hacerle frente a la vida.   

 

La literatura de ficción no ofrece respuestas, ayuda más bien a plantear preguntas y, al parecer, eso beneficia nuestra capacidad de reacción. Todo su arte radica en no hablar explícitamente y todo el arte del lector –que al momento de leer se convierte también en un artista, pues el libro cerrado es un objeto inerte hasta que alguien lo abre y dialoga con quien lo escribe– radica en entender los espacios en blanco, lo que no está escrito pero que en un buen texto permea entre renglón y renglón, y así nos activa las neuronas y, a veces, nos las zarandea de tal manera que nuestra vida se modifica para siempre.

 

La literatura es una extraordinaria compañera de búsqueda; tal vez no nos proporcione las respuestas que anhelamos, pero nos acompañará, como la mejor aliada, en el proceso de encontrarlas.

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