Este es el principio básico para permitir que un niño desarrolle su potencial, según Alejandro Jodorowsky

Harmonía / 2017-05-01

En el reciente congreso Mente Supersconsciente, Alejandro Jodorowsky, a sus 88 años, y con una vitalidad y una lucidez notables, habló sobre lo que considera que es la clave para educar a un hijo. Jodorowsky, quien sufrió mucho de niño por el desamor de sus padres (tema que toca en sus últimas películas), señaló que lo que un niño quiere y necesita es "ser visto", esto es, recibir amor y atención, pero el tipo de atención que no sofoca sino que libera.

 

Lo principal que los padres pueden hacer es ver a su hijo o hija como él o ella son en su naturaleza más auténtica y no cómo ellos quieren o cómo consideran que sería bueno que fuera. Esta mirada limpia es importante porque el niño se alimenta de la confianza de ser visto y aceptado como es. Esto crea la posibilidad de fabricar una estructura para el desarrollo personal.

 

Jodorowsky dijo que en esto consiste la verdadera "protección". No en que un padre provea lo necesario para tener éxito en el mundo según su propia visión del mundo --que intente inclinar a su hijo a que tome cierta profesión, a que se case con ciertas personas, a que realice sólo cierto tipo de actividades y demás-- sino que proteja aquello que en el niño es más suyo y auténtico. Esto es lo que los griegos habían llamado el daemon o el espíritu tutelar que se presenta con el niño y el cual no obedece a un mero patrón genético, sino que es algo completamente único e individual. En ello yace gran parte de la verdadera satisfacción de un hijo, en cumplir con una vida que responda a esta fuerza creativa de su interior. Esta es la semilla que los padres deben cuidar. Ver al niño significa de alguna manera ver su alma, ver en la bellota la posibilidad del roble (que, de hecho, ya existe en toda su información). En esto hay que ser sumamente cuidadosos para no proyectar los miedos y deseos de los padres, los cuales pueden confudirse con percepciones de lo que el niño es en su unicidad.

 

El niño quiere ser visto, pero sobre todo quiere ser visto siendo él, como es. Así perderá o incluso nunca tendrá miedo de ser quien es, algo que está tan embebido en nuestra cultura. Esta atención es lo que empodera a las personas y lo que constituye la verdadera flecha del amor, esa mirada comprensiva y tierna que se convierte en un fuego interno.

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