Vagones exclusivos para mujeres, ¿qué piensan los hombres al respecto?

Harmonía / 2016-06-07

En la Ciudad de México es bien conocida la práctica de separar a mujeres de hombres en el transporte público, algo que comenzó en el metro en horarios específicos (los de mayor afluencia, de mañana y tarde) pero que poco a poco y sobre todo en los últimos años se ha extendido a otros medios. La Red de Transporte Público del gobierno local tiene camiones  exclusivos para el uso de mujeres (que se distinguen por el color rosa de su pintura exterior y, ocasionalmente, por ser conducidos por mujeres); el metrobús igualmente tiene un área femenina delimitada y en meses recientes la separación de hombres y mujeres en el metro es ya permanente.

 

¿A qué se debe esta medida? La respuesta es sencilla: a la violencia que se ejerce cotidiana y sistemáticamente contra las mujeres en el espacio público. Miradas, tocamientos e incluso agresión sexual de mucho mayor alcance: ese es parte del amplio abanico de actos ofensivos que forman parte de la cotidianidad femenina en nuestra ciudad. El transporte público, casi siempre multitudinario y anónimo, parece ofrecer condiciones licenciosas perfectas para hombres que además de no respetar al otro ni considerarlo empáticamente, en el caso de la mujer tampoco tienen reparo en colocarla en el lugar de objeto sexual, dispuesto siempre al placer del hombre.

 

Quizá por esto mismo, para muchos hombres una medida como la separación de vagones parece insulsa o incomprensible. Al amparo de un entendimiento pobre de la noción de igualdad de género, consideran que reservar un espacio exclusivo para las mujeres en el transporte público puede considerarse una forma de discriminación. En este argumento se deja de considerar la condición histórica de un problema, en este caso, el hecho de que para lograr la igualdad de géneros antes es necesario equilibrar la desigualdad que las mujeres han sufrido por siglos. El privilegio de género es casi siempre el punto ciego del hombre, quien no ve que la cultura en que vivimos lo favorece en muchos aspectos, beneficios de los cuales no siempre está muy advertido que digamos.

 

En ese sentido, las políticas públicas que parecen beneficiar a las mujeres no deberían considerarse como un privilegio, sino justamente como lo contrario, esto es, como una medida que busca nivelar el estatus, la cotidianidad y la condición de la mujer que, en relación con el hombre, siempre se encuentra en desventaja.

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