Una moda libre de género

Paulina Sánchez / 2017-08-28

El pasado 27 de agosto la cantante Pink recibió el premio Michael Jackson Video Vanguard Award en los MTV Video Music Awards, y el discurso de agradecimiento que dio fue un mensaje de aceptación de la diversidad y apreciación de la belleza. Así, nos hace pensar que ha llegado el momento de que evolucionen nuestras definiciones de estética y moda para que la belleza, y su manifestación en el vestir, no se definan a partir de un género, sino a partir de la diversidad de bellezas e identidades que puede haber en el género humano.

 

¿Cuerpos esbeltos o curvas voluptuosas? ¿Barba o rostro bien afeitado? ¿Los vestidos y tacones son para las mujeres, mientras que los pantalones y corbatas son para los hombres? El ideal de belleza, así como las normas en el vestir, han cambiado constantemente a lo largo de los siglos por una razón muy sencilla: ambos son una construcción social.

 

A finales del siglo XIX las mujeres comenzaron a usar pantalones por algo tan práctico como el hecho de que, a partir de la revolución industrial, empezaron a trabajar en las fábricas. Por su parte, la tradición de las kilts o faldas escocesas surgió en el siglo XVI porque éstas permitían a los hombres tener mayor libertad de movimiento en los combates, mientras que la lana con la que estaban hechas los protegía del frío y los mantenía secos si combatían en climas húmedos.

 

Y si de corbatas se trata, su origen demuestra que no fueron pensadas como exclusivas de un género. Las mujeres croatas utilizaban un tipo de pañuelo que daban a sus maridos antes de ir a la guerra como consuelo ante las situaciones que afrontarían en combate. Ellos, por su parte, se lo ataban al cuello como símbolo de aprecio a sus esposas. Luego, a la corte francesa de Luis XIV le gustó mucho este accesorio llamado kravata, y lo adoptó entusiastamente. De hecho, quien difundió su uso al máximo fue la amante del rey, Madame de Lavalière, cuyo nombre quedó inmortalizado por un tipo de nudo de corbata llamado nudo de la levaliera. Así, la corbata no fue un accesorio exclusivo de los hombres sino hasta que se le empezó a ver como un símbolo fálico.

 

El punto es que las fronteras se fueron creando, sobre todo a partir de ciertas perspectivas de la moralidad y de definiciones de feminidad/masculinidad, hasta encasillar a las personas en lo que se consideraba como adecuado para “interpretar el papel” de su género.

 

Pero si algo queda claro es que no existe una única manera de definir la identidad de género, ni lo femenino o lo masculino; no existe un único canon de belleza que pueda abarcar a todas las razas ni la percepción individual que tenemos de lo bello. Y, sobre todo, no hay una regla de uniformidad en la naturaleza humana que diga que algo material como una prenda de vestir deba o no –pueda o no– ser usada por una u otra persona para ser hombre, mujer o cualquier género con el que se identifique.

 

Por lo anterior, cada uno debe sujetarse a su identidad como punto de partida para elegir la vestimenta que representa su visión de sí mismo y debe poder sentirse feliz en su cuerpo, pues esa seguridad es lo que lo hará bello. Como dijo Pink en su discurso de agradecimiento: “Nosotros no cambiamos. Tomamos la arena y la concha y creamos una perla. Y ayudamos a otras personas a cambiar para que ellos puedan ver más tipos de belleza”.

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