Por qué debemos reconocer que la Tierra es un organismo viviente, complejo e inteligente

Alejandro Martinez Gallardo / 2016-04-22

Este 22 de abril se celebra el Día Internacional de la Tierra, una buena oportunidad para reflexionar sobre nuestra relación con el planeta como un ser vivo del cual dependemos. Este día fue nombrado así en 1970 en un esfuerzo por combatir el desastre ecológico que ya se anunciaba, particularmente después de un importante derrame de petróleo en California en 1969.

 

Desde entonces la fecha ha cobrado importancia internacional y ha sido usada como un hito para diferentes negociaciones en materia ecológica, llamando a la reducción de emisiones contaminantes. En el 2016 se planea firmar el Acuerdo de París, un tratado de protección climática en el que estarían participando más de 120 países.

 

Pese a estas tentativas queda claro que el espíritu inicial de la celebración, si bien es sin duda encomiable y más que necesario, no ha logrado su misión, ya que las medidas tomadas internacionalmente y la conciencia individual de los habitantes de la Tierra no parecen estar a la altura de la seriedad del problema ecológico global. El ser humano parece exhibir una especie de miopía crónica que le impide actuar para evitar riesgos que toda lógica indica que son inminentes pero pero que aún no se hacen sentir del todo, es decir, sólo lo que nos amenaza en este momento de manera inmedidata nos hace reaccionar con fuerza y resolución. Igualmente sólo tomamos una acción contundente cuando la amenaza pende sobre nuestro círculo más cercano, no logramos dimensionar que si afecta a otras personas, las cuales no son tan cercanas, eventuamente también nosotros seremos afectados, puesto que vivimos en una esfera de interdependencia: esta es la esencia de ser un planeta, un organismo colectivo,un sistema integral.

 

Varios líderes políticos y espirituales han determinado que la crisis ecológica es en realidad una crisis espiritual o filosófica que responde a la separación entre el hombre y la naturaleza y la incapacidad del primero de concebir a la Tierra como un ser vivo que debe de ser respetado y honrado como una matriz viviente, madre de todos los seres planetarios. Es decir, nos es fácil dañar el medio ambiente, cortar árboles, tirar basura y desechos tóxicos al mar y producir cada vez más cosas para alimentar la economía y nuestra adicción al consumo, puesto que no concebimos a la Tierra como un ser vivo, como un superorganismo con el cual tenemos una relación filial. Nuestra cultura opera desde la noción que expresó Jean Paul Sartre: "la naturaleza es muda", el planeta está muerto y no tiene ningún significado, es una especie de mina gigantesca la cual debemos explotar y una vez que la hayamos agotado debemos de buscar otro planeta el cual podamos adecuar a nuestras ambiciones.

 

El monje budista vietnamita Thic Nhat Hahn considera que la visión occidental que mantiene que el hombre esta separado de la naturaleza y que el paraíso o la realización ocurrirán en el futuro, en un espacio externo fuera de nosotros (probablemente alcanzado vía una inteligencia artificial), después de que progresemos lo suficiente hace que no tengamos un sentido de interconexión e interdependencia con el planeta y todos los seres que conforman su organismo. "Es posible que tengamos la tecnología suficiente para salvar al planeta pero no es suficiente por qué las personas no están listas... es por ello que debemos de enfocarnos no sólo en la contaminación ambiental en términos de dióxido de carbono sino en la atmósfera tóxica espiritual". Thic Nhat Hahn advierte que nuestro estrés, enojo y violencia está generando paralelamente una atmósfera de contaminación en la que vivimos y la cual, a su vez, impide que los individuos desarrollen la conciencia y la tranquilidad necesaria para tomar acciones positivas para utilizar la tecnología para evitar seguir destruyendo la Tierra.  

 

De manera bastante similar el Papa Francisco publicó hace unos meses una importante encíclica en el espíritu de San Francisco de Asis (el santo vinculado con el amor a la naturaleza). El comentario del papa argentino me parece atinado: "Un sistema económico basado en el dios del dinero necesita saquear la naturaleza para sostener el frenético ritmo de consumo inherente a él. Creo que la cuestión que no nos estamos preguntando es: ¿acaso la humanidad no está cometiendo suicido con este uso tiránico e indiscriminado de la naturaleza? Salvaguardemos la creación, porque, si la destruimos, ella nos destruirá a nosotros. Nunca olvidemos esto".

 

En Bolivia se promulgó en 2012 una "Ley de la Madre Tierra" que pretende otorgar los mismos derechos que tienen las personas a la naturaleza, una ley que ciertamente en espíritu parece adecuada, pero de ahí a que este espíritu se materialice es otra cosa. La ley en su primer artículo afirma: "La presente Ley tiene por objeto establecer la visión y los fundamentos del desarrollo integral en armonía y equilibrio con la Madre Tierra para Vivir Bien, garantizando la continuidad de la capacidad de regeneración de los componentes y sistemas de vida de la Madre Tierra, recuperando y fortaleciendo los saberes locales y conocimientos ancestrales".

 

Lo anterior me lleva a sugerir que para que la crisis ecológica tenga una esperanza, la más mínima, de encauzarse hacia un buen puerto (y eso es no menos que la simple supervivencia de la humanidad) es necesario más que una revolución tecnológica, un cambio radical en la conciencia del ser humano. Esto esencialmente podría medirse con la capacidad de reconocer a la Tierra como un ser vivo, animado, que demuestra una inteligencia mayor que la suma de sus partes. Esto es un poco lo que implica la Hipótesis de Gaia del bioólogo James Lovelock, desarrollada en los setentas, y con la cual se reintroduce la vieja idea de que el planeta es un organismo, un sistema integral que se autorregula. la hipótesis cobró pupularidad en el movimiento new age pero no ha logrado catalizar acciones significativas en el orden de impedir lo que el mismo Lovelock considera ya inevitable: la destrucción de la humanidad como la conocemos. Ya lo decía Platón con el mito de Atlántida, por el fuego o por el agua, civilizaciones anteriores han sido destruidas y volverán a serlo y volverán a erigirse sobre la Tierra y sin embargo es nuestro deber, nuestra más puro impulso evolutivo, hacer lo necesario para vivir en armonía con la naturaleza y seguir creciendo. 

 

Para concluir quiero revisar aquí esta idea tan natural para el pensamiento antiguo de que los planetas y las estrellas eran seres vivos superiores al ser humano y que hoy nos parece tan ajena e implausible, encumbrados y alienados en el pedestal del poder económico y tecnológico de nuestra civilización.   

 

El filósofo Thomas Taylor, el gran traductor de Platón al inglés, escribió:

 

"Me deja perplejo concebir qué ha inducido a los modernos a controvertir la doctrina de que las estrellas y el mundo entero está animado... En verdad, este rechazo me parece tan absurdo como si un gusano, capaz de silogizar, infiere que el hombre es sólo una máquina impelida por una fuerza externa cuando camina, ya que nunca vio antes un animal capaz de cosa similar".

 

 El filósofo George Berkeley:

 

"Jámblico declara que el mundo es un animal en el que las partes, no obstante la distancia que tengan entre sí, están conectadas por una misma naturaleza. Y enseña, lo que también es una noción recibida por Platón y Pitágoras, que no existe división en la naturaleza, sino más bien una escala o cadena de seres ascendiendo en grados de lo más bajo a lo más alto, cada naturaleza siendo informada o perfeccionada por su participación en la más alta... Es también la doctrina de los filósofos platónicos, que el intelecto es en realidad la vida misma de los seres vivos".

 

El astrónomo Johannes Kepler:

 

 "El globo de la Tierra es un cuerpo de la misma manera que el de un animal; y aquello que es su propia alma para un animal, lo es la región sublunar para la Tierra... de la misma manera que el cuerpo animado produce en su superficie vello, la Tierra produce plantas y árboles".

 

Tal vez algún día progresemos a la comprensión que hoy nos parece tan primitiva --y que calificamos como pensamiento mágico--  de que somos realmente sólo células dentro de un cuerpo más vasto, cuya integridad no está definida por los límites anatómicos que nosotros conocemos. La Tierra como un único animal que evoluciona colectivamente, no una competencia por la supervivencia individual, sino una cooperación por la evolución y el bienestar de todos los seres vivos. Quizás lleguemos al punto en el que nos sea completamente natural decir con Kafka: "En la lucha entre uno y el mundo, elige al mundo".

 

En este Día de la Tierra recordemos que el planeta no es una pierda inerte flotando en el espacio... es una inteligencia cósmica de la cual nosotros participamos, no sólo la matriz de nuestro cuerpo, también la fuente de nuestra conciencia. 

 

Twitter del autor: @alepholo

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