La enseñanza social del sismo

Paulina Sánchez / 2017-09-29

Los mexicanos no hacen distinciones de clases sociales, credos, orientación sexual, edad, género. Esa es la realidad… por ahora. Que una tragedia como la de los sismos ocurridos este mes de septiembre logre unir de manera tan sólida a la sociedad es algo que verdaderamente nos invita a reflexionar en torno a si seremos capaces de aprender la lección tan dura que nos dio la Tierra y seguir poniendo en práctica la solidaridad, equidad y amor con que hemos actuado. Hemos escuchado millones de corazones latiendo juntos; hemos pasado víveres de mano en mano; hemos sido capaces de guardar silencio con el fin de escuchar una voz entre los escombros, y hemos cantado “Cielito lindo” para levantar los ánimos bajo la lluvia durante noches enteras. En los supermercados, los carritos están repletos de artículos que no suelen formar parte de las listas de compras comunes, sino que evidentemente apuntan a que esos artículos formarán parte de las montañas de donativos que llegan a toda hora a los centros de acopio. A pesar de la tristeza, la gente sonríe a los demás. A pesar del miedo, la gente sale a ayudar.

 

A lo largo de esta semana se ha hablado de voluntarios, rescatistas y brigadistas… de personas que ayudan. ¿Cuál es su edad? ¿En qué creen? ¿Cuánto dinero ganan? ¿Pertenecen a una familia tradicional? ¿De qué colonia vienen? ¿Cuál es su preferencia sexual? ¿Son mexicanos o extranjeros? Esas preguntas son tan innecesarias que incluso pensarlas resulta absurdo. Pero lo cierto es que no son innecesarias y absurdas solamente ahora; en realidad, lo son siempre. Porque lo que el sismo nos ha demostrado es que México solamente puede salir de entre los escombros cuando todos mostramos empatía ante el sufrimiento de otros, cuando actuamos con solidaridad y cuando nos vemos como verdaderamente somos: seres humanos tan fuertes y tan vulnerables a la vez que no hay motivo alguno para sentirnos superiores, mejores o más poderosos que los demás. La naturaleza no distingue. La vida y la muerte no distinguen. El amor y la bondad no distinguen.

 

Mucho se ha escrito y dicho sobre la empatía y la equidad y, en realidad, mucho más puede escribirse y decirse. Lo cierto es que en esta ocasión no hizo falta más que reaccionar cuando más se necesitaba y cada uno, sin darse cuenta, dejó que su humanidad actuara de manera libre y sin ataduras de prejuicios, etiquetas y estereotipos. Ese SER HUMANO que llevamos dentro nos demostró cuán sencillo es simplemente vivir en armonía con los demás, ver por el bien de todos, convivir y estar dispuestos a ser lo mejor de nosotros por nuestros seres queridos y por quienes nos rodean. Si conseguimos acoger esa enseñanza y conforme pasen los días, las semanas y los años la seguimos llevando a la práctica, entonces México habrá hecho algo increíble no sólo tras el sismo, sino a partir de él.

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