Acoso en Latinoamérica: casi 50% de las mujeres han sufrido violencia física o sexual

Edmeé García / 2016-06-20

De acuerdo a un estudio llevado acabo por la Comisión Económica para Latino América y el Caribe (ECLAC), 4 de cada 10 mujeres en la región han sufrido violencia física o sexual en su vida. La agencia  de las Naciones Unidas ha sugerido que estos países deberían reunir información al respecto y castigar  a los perpetradores para disminuir el crimen.  Estas cifras dejan claro porqué las mujeres no se sienten seguras en lugares públicos como las calles o el transporte colectivo. 

 

Esto es un incremento en las estadísticas que Organización Panamericana para la Salud, presentó hace cuatro años cuando la proporción dictaba que se trataba de 1 de cada 3 mujeres. Sin embargo se acerca al 35 % proporcionado por la Organización Mundial de la Salud (OMS) aunque en algunos países el porcentaje es aún mayor. Pero a pesar de que la violencia hacia las mujeres ha aumentado en la ciudades latinoamericanas uno de los problemas que prevalecen es la falta de denuncias. Muchas veces la víctima tiene miedo de testificar y el sistema de administración de justicia es negligente al momento de dar atención a sus casos. Con frecuencia las mujeres que se presentan a declarar deben enfrentar la culpabilización de parte de las autoridades, además de revivir la agresión teniendo que contarla en repetidas ocasiones. En algunos casos estos miedos se ven agravados por el temor a represalias en su contra, especialmente si el agresor tiene una jerarquía de poder sobre de ellas. Un estudio reveló  que sólo el 14% de las mujeres, víctimas de violencia doméstica en Colombia reportaban las agresiones. De tal manera que en realidad es muy posible que los índices de violencia en contra de las mujeres sean aún más altos.

 

Las raíces de estos problemas se encuentran en la profundidad de las ciudades latinoamericanas, de acuerdo a los comentarios dados por el autor argentino Selva Almada a la BBC:

 

“No se trata de una problemática del siglo 20, es algo que tiene raíces culturales e históricas en nuestra sociedad. Anteriormente estaba normalizado o se hacía invisible, porque no se le consideraba un problema, no hablábamos de  ello, no lo publicaban los medios. Ahora la violencia tiene cobertura de los medios y es más visible”. 

 

Otro de los puntos revelados durante la cumbre de las Mujeres y las Ciudades realizada en Chile, fue el hecho de que el transporte público entre otros lugares se están volviendo entornos amenazadores para ellas. Frente a esto ha habido organizaciones como el Observatorio Contra el Acoso Callejero de Chile (OCAC Chile)  que surgió en Chile durante el 2013  y de acuerdo con su presidenta, la socióloga Francisca Valenzuela:

 

“Lo que nos motivó fue visibilizar un tipo de violencia de género que era claro que afectaba a muchísimas personas, pero que no tenía ninguna forma de trato en nuestro país, a nivel de políticas públicas o desde la sociedad civil”.

 

El OCAC ha creado nodos en diferentes países de la región incluyendo Colombia, Bolivia, Costa Rica, Guatemala y Uruguay y ha puesto de manifiesto el sentir no sólo de muchas mujeres, también de niños y miembros de la comunidad LGBT  que desean poder transitar en lugares públicos sin ser acosados:

 

“Caminar en paz por la calle es un derecho. Uno que no toda la gente disfruta por igual. Mujeres, hombres, niños, niñas, transexuales, homosexuales, lesbianas y cualquier grupo divergente a la masculinidad adulta y tradicional no sienten seguridad cuando caminan por las calles, cuando andan en micro, cuando pasean en un mall. No sienten seguridad, no la sentimos. La sensación de seguridad se anula cada vez que alguien nos mira con excesiva atención, que nos viola con las palabras, que nos toca sin nuestro consentimiento.

Hay personas trabajando para cambiar esto. El nace justamente por esta demanda ciudadana, para que el espacio público sea un lugar seguro, sin agresiones ni agresores sexuales. El escenario es complejo, pues luchamos con imaginarios instalados como “culturales” e incluso “pintorescos”. Hoy, decirle un “piropo” a una mujer -del tenor que sea, “amable” o violento- está socialmente aceptado. Cambiar esa realidad considerada normal y natural es uno de nuestros mayores desafíos”.

 

Una de las primeras cosas que se deben realizar  cuando se aborda el tema del acoso callejero  es tipificarlo. De tal manera que las leyes que se hagan al respecto incluyan actos verbales como piropos, silbidos, jadeos y comentarios sexuales, actos no verbales como miradas lascivas, besos, fotografías o grabaciones de partes íntimas, actos exhibicionistas como masturbación pública, tratos intimidantes como arrinconamiento y tocamientos.  Ya que estos comportamientos generan consecuencias emocionales en las mujeres, incrementando sus niveles ansiedad, estrés y depresión, además de afectar su movilidad, uso de los espacios y percepción de seguridad. 

 

Finalmente  el espacio público pertenece a todos los miembros de la sociedad y no puede seguir una lógica de depredación en la que un grupo agrede a otro.  Como sociedad necesitamos denunciar las agresiones de las que somos víctimas y/o testigos, crear presión para que el acoso callejero sea reconocido como una forma de violencia de género e impulsar la creación de cambios educativos y culturales en nuestra sociedad para que estas culturas lejos de ser consideradas “normales” sean rechazadas por su nocividad. Además necesitamos una legislación que sea capaz de sancionar pero también de establecer medidas preventivas y programas para implementarlas.  Todos necesitamos contribuir a que la calle, el transporte colectivo y cualquier otro espacio público sean seguros para todos los miembros de la sociedad. 

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