4 pistas –y una más– para reconquistar tu derecho a ser feliz (parte II)

Beantpal Singh / 2017-03-22

Dar. Esa capacidad de brindar-se, entregar-se, compartir-se. Dar sin esperar nada a cambio: Karma Yoga, el yoga de la acción perfecta, aquello que se realiza de acuerdo con la voluntad divina, la misión de nuestra alma aquí en la Tierra y nuestro derecho a ser felices. La suma de esta ecuación nos permite hacer todo con una conciencia elevada y así cumplir nuestro destino.

 

El gran compositor Johann Sebastian Bach, antes de transcribir sus visiones de inspiración divina en cada partitura, comenzaba con una frase: “Todo para Dios”. A esto se refiere justamente Sri Krishna en el Bhagavad Gita cuando le explica al príncipe guerrero Arjuna: “Si realizas toda acción en mi nombre, si todo lo que haces lo haces para mí, Oh Arjuna, ésa es la acción (el karma) perfecta”. Entonces, el trabajo consiste en educar la mente a través del yoga y la atención plena para hacernos sensibles a la voluntad divina que habla a través de esa sutil voz interior: la intuición.

 

En la cábala, se concibe al ser humano como una vasija que se moldea durante la vida para ser llenada por el Creador y recibir sus bendiciones. Dicha vasija requiere estar en un constante flujo de lleno/vacío para captar todo lo que la luz tiene para darle. Así lo ilustra este cuento zen:

 

Un joven monje le pidió a su maestro que le revelara todo su conocimiento para volverse un gran sabio. El maestro le dijo: “Sirve el té”. El joven obedeció. Mientras el maestro le compartía su sabiduría, el monje, ensimismado, olvidó que servía el té y éste comenzó a derramarse. El maestro le dijo: “¿Ves? Estás tirando el té. Tú eres como esa taza que estando llena, quiere llenarse más y deja que se desperdicie todo el conocimiento sin sentido. Estás tan lleno de ti que ya no te cabe más, y lo que quiere darte la vida se despilfarra”. La clave para permanecer en plenitud y siempre “llenos” es vaciarse.

 

¿Cómo nos vaciamos? Al dar, compartir y entregándoselo todo a Dios, al infinito, Sri Krishna, la luz, como quieras llamarle… Se trata de tener presente en cada circunstancia a la conciencia superior y universal que palpita en toda la Creación y con quien compartimos su aspecto creativo. Se trata de encontrar el equilibrio entre dar y recibir en cada acción, con quien tenemos enfrente… Sin embargo, la mente humana tiende a enfocarse en recibir, porque resulta más cómodo y placentero; lo único que se requiere es pedir y el Creador, en su infinita y generosa naturaleza, jamás se cansará de dar. Pero cuando damos, nos volvemos testimonios vivientes de su abundancia y descubrimos que la verdadera felicidad está en dar.

 

Porque es dándose como se recibe,

olvidándose de sí mismo como uno se encuentra a sí mismo…

("Oración simple", atribuida a San Francisco de Asís)

 

Al dar nos volvemos el flujo generador, nos vaciamos y nos disponemos a recibir más. Porque para dar hay que tener. Esto es lo que conocemos como prosperidad. No acumular riqueza, sino ser el canal de riqueza. Quien es próspero, comparte. Quien comparte es generoso. Quien es generoso lo hace porque le llena de felicidad. Y cuando la felicidad se comparte, se expande y se regresa multiplicada en bendiciones.

 

Al dar, recibimos. Pero no se trata de hacerlo para obtener algo a cambio. Dar es agradecer que, en cada parte de nuestra vida, hemos sido provistos de lo que necesitamos para experimentarla. Entender esto es vivir en plenitud, sin desear más ni menos, sólo ser. Al agrade-ser y dar, reconocemos que somos felices por un derecho de nacimiento irrenunciable y que nada ni nadie más nos lo puede dar o quitar.

 

La metafísica nos indica que el Dador atiende todas las plegarias, pero tienen mayor efecto las encaminadas al compartir y formuladas “en armonía con el universo y bajo la gracia divina”, porque vibran de acuerdo con su vibración. Lo mismo ocurre con los pensamientos, las palabras, las emociones y/o las acciones que emitimos. Somos antenas. Como vibremos, eso obtendremos. Por eso te invito a experimentar: 

 

1. Eleva una oración personal. Reconoce la generosidad ilimitada del infinito y agradécele por todo lo que te ha dado: tu cuerpo, tu mente, tu experiencia humana, todo lo que te rodea… Ahora pídele que te brinde prosperidad para compartirla y expandir su felicidad.

 

2. Una vez al día, realiza acciones altruistas, anónimas y “sin motivo especial” para alguien en nombre del infinito. Lava los trastes, barre la calle, dona dinero, realiza un “menú especial”, dedica un poema o 5 minutos extra de tu tiempo… Si se te ocurren otras, adelante, pero suelta, da-te, por puro descaro, porque sí, sin calcular o tomar en cuenta la cara, personalidad, orientación, si te cae bien o no. En su lugar, ve un reflejo de la Creación infinita. Reconoce que el otro eres tú y desde tu divinidad descubre su divinidad.

 

3. Registra lo que ocasionan estas acciones en los otros, en tu entorno, en tu corazón.

 

Cuando damos, se manifiesta una hermosa sensación de plenitud que no se compara al recibir, porque al dar nos igualamos a la luz, y tú y yo y todo y todos somos parte indivisible de ella. Por eso en la India, el budismo y el argot yogui nos saludamos con “Namasté” o en kundalini yoga con “Sat Nam” ("Sat": verdad, "Nam": nombre, identidad; “verdadera identidad”), porque: “Desde el conocimiento de mi divinidad, reconozco la divinidad que hay en ti”.     

 

Desde este profundo e ilimitado océano de lo divino, estés donde estés, inhala/exhala, ubícate en el presente, cierra los ojos y coloca tus manos al centro del pecho palma con palma en mudra de oración. Inhala/exhala. Piensa en alguien a quien quieras enviarle este mensaje de amor: “Que estés bien, que vivas en paz, que seas feliz y progreses en tu camino”. Ahora expande esta emoción sublime hacia todos los seres sintientes y las cosas que existen. Inhala/exhala. Observa los cambios. Haz cambiado, y contigo, el universo.

 

Que vivas cada día de tu vida en el gozo de dar, amar y expandir la conciencia, como un ser humano victorioso en la reconquista diaria de su derecho a la felicidad sublime. Y que así te ames y reconozcas como lo que eres: luz divina en constante transformación.

 

Sat Nam.

 

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