¿Para qué hacemos yoga?

María Elena Esparza / 2016-10-03

Mejorar la condición física, fortalecer nuestro cuerpo, aumentar la flexibilidad, hacer una pausa en la ajetreada rutina diaria…todas son razones frecuentes por las que vale la pena practicar yoga. Sin embargo, cuando pienso en un motivo más profundo —relacionado con el para qué y no sólo con el por qué— siempre recuerdo una frase del gran maestro TKV Desikachar: “El éxito en el yoga no reside en nuestra habilidad para realizar las posturas, sino en cómo cambia positivamente la forma en que vivimos la vida y nuestras relaciones”.

 

Desikachar, quien falleció apenas el pasado 8 de agosto a los 78 años, fue hijo y alumno de Krishnamacharya, padre del yoga moderno. El enfoque de su enseñanza está marcado por la idea de la adaptabilidad, cómo reconocer las capacidades, limitaciones y necesidades personales para sacar el máximo provecho de cada postura, respiración y secuencia.

 

Me encanta esa idea porque realmente aterriza la filosofía de la disciplina al contexto de cada uno de nosotros. Más allá de que sea un ejercicio físico o una oportunidad espiritual, yoga es una experiencia, y, como tal, es distinta para cada uno de los que la vivimos. Aún cuando puedan compartir la motivación para practicar, no la experimentarán igual un oficinista con jornadas de 12 horas que una mamá de 3 niños que además trabaja desde casa o un joven que entrena para correr el maratón cada año.

 

Yoga nos enseña a reconocer y manejar nuestras sensaciones, pensamientos y humor cuando hemos tenido un gran día…y también en esos momentos en los que quisiéramos gritar y gritar hasta desahogar nuestro enojo. ¿De qué serviría asistir puntualmente a la clase si al salir lo primero que hacemos es atacar a claxonazos al conductor de al lado?

 

Para mí, lo más valioso de regresar al tapete una y otra vez es observarme ante todo lo que sucede sobre él: aquello que se me da naturalmente, esas posturas que me incomodan, las secuencias que logran llevar toda mi atención al momento presente y las barreras mentales que le impongo a mi cuerpo, casi siempre sin querer. Luego busco ejercitar esa misma atención en las actividades del día, la relación con mi familia, cómo desahogo el trabajo, lo que como y lo que pienso. Esta consciencia es la que habilita que la inspiradora frase de TKV Desikachar comience a materializarse, es el gran para qué de la práctica del yoga que nos permite apreciar que no se trata sólo de la meta, sino del camino.

 

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