Experimenta tus sentidos con estos ejercicios

Marcos Lafarga / 2016-06-13

Los sentidos son el mecanismo fisiológico de la percepción. Ellos nos permiten percibir nuestro medio ambiente y también determinados estados internos de nuestro cuerpo. Los sentidos representan el canal de entrada de millones de estímulos hacia nuestro cerebro y le proveen la información que determinará nuestra respuesta a ellos. Mientras más conscientes somos de la calidad de información que recibimos, mayor calidad tendrá la respuesta que demos.

 

A continuación presentamos una serie de ejercicios para evidenciar lo anterior:

 

Acuéstate boca arriba en un lugar tranquilo y cómodo. Siente el peso de tu cuerpo. Imagina que pintaran toda la superficie posterior de tu cuerpo con tinta china e hicieran de ti un sello. ¿Cómo sería la impresión que dejas sobre el piso? ¿Qué partes descargan mayor peso sobre él? ¿Qué partes no lo tocan? Compara un lado y otro de tu cuerpo sintiendo las diferencias y las similitudes. Siente tu respiración. Respira libre.

 

La visión nos permite detectar las ondas electromagnéticas dentro del espectro de la luz visible a través de los conos y los bastones, células especializadas en transformar los estímulos lumínicos en eléctricos y que proveen de información a la corteza visual sobre forma, color, brillo, profundidad y movimiento.

 

Observa y cierra los ojos. Lleva toda tu atención hacia la vista. Reconoce que hay en esa oscuridad. ¿Qué figuras forma la luz que entra a través de tus párpados? ¿Qué colores encuentras? ¿Cómo se mueve la luz? ¿Cómo se siente el movimiento en tus ojos?

 

El oído nos permite percibir las vibraciones del medio ambiente que oscilen entre 20 y 20 000 Hz. Las vibraciones sonoras pueden percibirse también a través del tacto. Las frecuencias que están fuera del espectro auditivo humano, solamente se detectan de esta manera.

 

Escucha. Lleva toda tu atención hacia el oído. ¿Qué sonidos puedes identificar? ¿De donde provienen? Escucha.

 

El gusto es uno de los dos sentidos químicos del cuerpo. Tenemos receptores que nos permiten reconocer lo dulce, lo salado, lo amargo y lo ácido. También tenemos receptores que nos permiten identificar una sensación llamada unami, término japonés que significa sabroso y que detecta al aminoácido llamado glutamato, un sabor encontrado comúnmente en la carne y en condimentos artificiales como el glutamato monosódico.

 

Saborea. Lleva toda tu atención a los sabores que percibes. ¿Puedes reconocer el sabor de tu propia saliva? ¿Puedes reconocer el sabor de tu último alimento? ¿Tal vez el sabor de tu pasta dental habitual? ¿Cuántos sabores eres capaz de encontrar ahí?

 

El olfato es el otro sentido químico. Cuenta con cientos de receptores, cada uno se une a una molécula con características particulares, según la teoría actual. Las células nerviosas del olfato mueren y se regeneran regularmente, a diferencia de la mayoría de las neuronas restantes. Es un sentido intimamente relacionado con la memoria. ¿Qué haría un bebé sin reconocer el aroma de su madre?

 

Huele. Olfatea y reconoce los aromas que percibes a tu alrededor. ¿Reconoces tu propio aroma? ¿Lo puedes diferenciar del aroma del desodorante, perfume o loción que utilices habitualmente? ¿Qué aromas reconoces fuera de ti? ¿Qué tan agradables te resultan? ¿A que huele el aire? ¿Qué olor tiene la superficie sobre la que estás acostado? ¿Puedes percibir el aroma de otras personas, animales o plantas a tu alrededor? ¿El aroma de algo que pudieras comer o beber?

 

El sentido del tacto es asociado generalmente con la piel, el órgano con mayor superficie de todo el cuerpo. Tenemos receptores cutáneos para la temperatura, totalmente diferentes a los termorreceptores homeostáticos que proveen de información sobre la temperatura interna del cuerpo. Tenemos también receptores que nos permiten identificar el dolor; los hay cutáneos, somáticos y viscerales. A través de la piel podemos percibir también la presión. La propiocepción nos permite reconocer la posición de nuestro cuerpo en el espacio, mientras el equilibrio, relacionado con tres cavidades semicirculares que contienen líquido nos permiten orientarnos.

 

¿Qué sientes? ¿Cómo descansa tu cuerpo sobre el piso ahora? ¿Cómo te sientes? Abre los ojos y observa a tu alrededor…

 

¿Quieres saber más sobre el tema? El contenido original se publicó aquí

 

CIENCIA Y EXPERIENCIA 

 

En la introducción del libro The Secret Life of Babies, Mia Kalef (www.miakalef.com) cuenta una historia que más o menos va así:

 

Dos amantes, El Científico y La Experiencia, vivían armoniosamente como uno. Todo lo que tocaban se convertía en algo completo. Su unión proveía de confianza a todos aquellos que la anhelaban. Su integridad, siendo completa, contenía El Conocimiento de Toda Vida. Un día, mientras navegaban, El Científico y La Experiencia se encontraron con cielos oscuros. Mientras la oscuridad se transformaba en lluvia y los océanos se enfurecían, ellos abrazaban El Conocimiento tan fuerte como podían.

 

La fuerza de los amantes fue insuficiente para mantenerlos dentro de su embarcación y fueron arrojados a las aguas, mientras El Conocimiento se dispersaba en el fondo del océano. El Científico fue llevado a una orilla y La Experiencia a otra. Sin haber sido separados antes, El Científico y La Experiencia continuaros con su trabajo por separado. Tan bien como podían, proveían confianza a todos aquellos que la anhelaban. Cada uno aprendió a llevarlo bien sin el otro y conforme el tiempo pasó, se olvidaron.

 

Desde ese momento, El Científico, en su orilla, recolectaba evidencia. Encontró que esa evidencia ayudaba a demostrar que confiar era seguro. Trabajó incansable y meticulosamente, y fue muy querido por su contribución. Sin embargo, pese a lo completo de su metodología, El Científico no podía encontrar evidencia para confiar en una sensación que había estado teniendo; la sensación de que ahí había algo más.

 

La Experiencia continuaba trabajando firmemente en su orilla. Ella inspiraba confianza recolectando sensaciones. Ella podía re-enseñar a aquellos necesitados de sentir. La Experiencia fue desafiada porque no tenía un lenguaje a través del cual pudiera transformar sus experiencias en palabras, ella siempre había dependido de su instinto. Ella anhelaba ayuda, sabiendo que ahí había algo más.

 

Los amantes, desconociendo su separación, extrañaban El Conocimiento que nacía únicamente de su unión.

 

En una ocasión, mientras caminaba por la playa, La Experiencia vio su reflejo en una ola. Mientras miraba su imagen en la espuma que corría, una curiosa visión atrapó su atención. Pese a que le parecía familiar, no reconoció la cara que emergió junto a la suya. Perpleja, preguntó en voz alta: “¿ha pasado tanto tiempo que ya no me reconozco a mi misma?”. La Experiencia hizo una pausa y asintió en silencio mientras contemplaba ambos reflejos. Hace muchas lunas, no había separación. Algo era un todo que no tengo ahora. Ella continuó mirando dentro de la ola mientras esta retrocedía; junto con las caras. La Experiencia observó las olas durante un largo rato, intentando recordar aquello en la marea. La Experiencia emitió una intención y le suspiró al océano: “revélame aquello que he olvidado”.

 

El Científico, obligado por su siempre creciente e inexplicable deseo de más, caminó a grandes zancadas hacia su orilla. El estaba perplejo por su sensación ya que, de hecho, su vida parecía no haber tenido muchas sensaciones. Miró alrededor. No había nadie con quien hablar, así que preguntó en voz alta: “¿Cómo puedo confiar en esta sensación si no tengo evidencia que demuestre que es real?”. Sus palabras fueron interrumpidas por una voz suave, profunda, que parecía venir de algún lado más allá del viento, desde lo profundo del océano. El Científico quedó en silencio, y por un momento pareció olvidar su pregunta. El sonido no era su voz, no usaba su lenguaje, y sin embargo entendió cada palabra. Estaba seguro haber escuchado un susurro: “alguna vez fuimos uno”…

 

Entonces, así como años antes el cielo los separó, ahora las nubes y los océanos los acercaban. En una orilla, dos caras, reflejándose en una ola, conducían hacia el centro del océano. La Experiencia, pese a la creciente tempestad, la seguía. En la otra orilla, una voz familiar suspiraba y El Científico permitía que el mar lo rodeara, llevándolo hacia el centro del océano. El océano empujaba a los amantes perdidos mientras los acercaba. Las caras y la voz los guiaron hasta que los mares se quedaron quietos. Las aguas los rodearon, rastreando sus formas en la oscuridad. Una cálida luz brilló desde el fondo del océano, iluminando a los amantes, liberándolos de la oscuridad.

 

La Experiencia sintió movimiento frente a ella y antes de que pudiera ver, el eco de la otra cara se volvió clara. Entonces la reconoció. “Si”, dijo en voz alta, “Una vez fuimos uno”. El Científico , ahora capaz de escucharla, supo lo que la sensación de más había sido. Supo de quien era la voz que susurraba las palabras. En voz alta contestó: “Si, una vez fuimos uno”. Mientras las aguas se movían lentamente alrededor de los amantes, El Conocimiento brillaba cálidamente entre ellos…

 

‘El embrión es el universo escribiéndose a sí mismo en su propio cuerpo”

-Richard Grossinger-

 

Referencias:

1. Mia Kalef. The Secret Life of Babies. How our prebirth and birth experiences shape our world.

2. Yuval Noah Harari. De Animales a Dioses. Breve historia de la humanidad.

3. Susan B. O’Sullivan, Thomas J. Schmitz. Physical Rehabilitation.

4. Tomás Gallego Izquierdo. Bases Teóricas y Fundamentos de la Fisioterapia.

5. Richard Snell. Neuroanatomía clínica.

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